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#JoséMartí: el más universal de los cubanos |
El día 7 de septiembre de 1878, Martí es deportado por segunda vez a España. Resulta
detenido, cuando almorzaba junto a su esposa Carmen Zayas Bazán y Juan
Gualberto Gómez, en su casa de Amistad N. 42 entre Neptuno y Concordia y es
conducido a la estación de policía en Empedrado y Monserrate, afirma la colega Hilda
Pupo Salazar, estudiosa de la obra del Apostol.
Unos afirman
que fue por una delación hecha a su persona y del 18 al 24 de ese mes fue visitado
por unas trescientas personas en el corto tiempo que estuvo detenido. El
capitán general dispone su deportación a Ceuta, sin que se le instruya causa ni
celebre juicio.
El 24 de
septiembre le expiden un pasaporte para el traslado a España, a disposición del
Gobernador civil de Santander y al otro día más de cincuenta amigos van a
despedirlo a bordo del vapor Alfonso XII, donde viaja en calidad de preso.
Detalles de
ese arresto, lo cuenta Juan Gualberto Gómez en su libro Martí y yo. El narra:
“Una mañana
en que habíamos trabajado mucho en su bufete, y debíamos seguir haciéndolo en
el arreglo de asuntos de interés para Las Villas, me llevo a almorzar a su
casa.
“”Estábamos
aún en la mesa, él, su distinguida esposa y yo, cuando sonó la aldaba de la
puerta de la calle. Su esposa se levanto y abrió. La saleta de comer estaba
separada por una mampara de la sala de recibo; así es que yo no ví al
visitante; pero la señora de Martí dijo a éste en voz alta: "El señor que
vino hace rato a buscarte, es el que ha vuelto. Dice que termines de almorzar,
pues no tiene prisa y te esperará".
Martí
se levanto y, con la servilleta aun en la mano, paso a la sala de recibo. Tras
breves instantes, volvió a la mesa y con calma absoluta, dijo a su esposa:
"Que me traigan en seguida el café, pues debo salir inmediatamente",
y siguió para su cuarto.
“Yo le vi
abrir su escaparate, buscar de una
gaveta unas cuantas monedas, llamar a la esposa a quien dirigió unas palabras. Servido
el café, vino Martí a la mesa, y de pie tomó de su taza unos cuantos sorbos, y
dirigiéndose a mí me dijo: "Tome su café con calma: usted se queda en su
casa, y dispénseme, pero es urgente lo que debo
hacer". Me dio la mano, tomo su sombrero y se marcho con el
visitante.
“En
efecto, tan pronto como salió de su casa, su esposa, presa de una gran angustia
me dijo, con ojos llorosos: "Se llevan a Pepe; ese hombre que ha venido
es un Celador de policía. Yo lo ignoraba. Pepe le encarga a usted correr todo lo posible, para ver a
donde lo llevan y le avise a Nicolás
de Azcárate".
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“Salí en
seguida con toda la prisa que me era posible. Al entrar por la calle de
Neptuno acerté a ver a Martí con su acompañante a cierta distancia. Ya casi
iba a alcanzarlos, cuando vi que en la parada de coche entraban en un carruaje. Apresuré el paso, los seguí y los vi descender en la jefatura de Policía.
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“Cumpliendo
el encargo de Martí, avisé a Azcárate. Para éste, que tenía gran influencia
en el Gobierno, se levanto la incomunicación y se le permitió ver a Martí.
Con Azcárate recibí unas llaves y el encargo de recoger en el bufete de
Viondi, una pequeña maleta, para entregarla a Antonio Aguilera, diputado provincial.
A los tres días de su detención salía
el vapor correo para España, llevándose a Martí para la Metrópoli, pues tanto
por los consejos de Azcárate, como por su propia inclinación a los
procedimientos suaves, el general Blanco, Capitán General de la Isla;
prefirió deportarlo, a intentarle un proceso.
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“Lo
repito: desde el día de su detención, no nos volvimos a ver más.”...
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