Sunday, May 31, 2009

Cuba: destinos diferentes

Rodobaldo Martínez Pérez
rodo@ahora.cu
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La nostalgia es el primer sentimiento que se adueña de mí, aún cuando la altura no me ha convertido en un diminuto punto perdido entre los cielos y el aeropuerto José Martí de la Ciudad de la Habana todavía ocupa espacio en mis pupilas.
Ese sentimiento no puedo evitarlo, cada vez que visito otras latitudes, es como una sensación prematura de añoranzas. Después la impresión se me trastoca en una obligada tendencia de establecer paralelos.
Confieso que la sonrisa de nuestros niños y ese desafuero de colores rojo, blanco y amarillo, que se forma cada mañana en mi ciudad antes de iniciar la jornada escolar en Primaria y Secundaria Básica, es una imagen latente a la que no puedo renunciar y se superpone a los cuerpecitos famélicos y descalzos, que sortean a un convulsionado tránsito, a expensas de perder la vida, para ganar unos centavos por limpiar los parabrisas de los autos.
Los pequeños lustrando zapatos ajenos, pidiendo de comer o formando un improvisado show en medio de la calle, con dudosas dotes artísticas nacidas por la fuerza de ganar algún dinero, precisamente en las horas que todas las aulas en Cuba están abiertas, me acentúan los deseos de regresar a mi terruño.
Así fue como conocí a Carlitos, en uno de esos periplos frontera afuera. Era una de estas mañanas en que la fuerte neblina negaba la visibilidad a pocos metros y el olor a frutas de los mercados ambulantes coqueteaban el paladar de cualquiera. El estaba en la esquina, con su cajón de botas en ristre, esperando clientela.
-“¿No quiere que le limpie los zapatos, señor?”
Me senté en su sillón, más por conocerlo, que por precisar de sus servicios. Supe que se llamaba Carlos, primogénito de cinco hermanos y él no rebasaba los 10 años de edad. No conoció a su padre y constituía el sustento del hogar.
Asistir a una escuela no lo veía como prioridad, porque ayudar a su mamá y sus hermanitos signaba la esencia de su infancia.
Le dije que todos nuestros niños iban a clases, no tenían que pagar nada y tampoco trabajar. Me oyó hablar, como quien escucha cuentos incomprensibles, y sólo atinó a preguntar: “¿Y dónde está Cuba, señor?”•
Era muy difícil de explicar una ubicación geográfica, la existencia de una realidad distinta y destinos diferentes, para quien no conocía más allá de la esquina, donde colocaba su asiento de trabajar, con una vida amarrada por completo a un pote de tinta y un cepillo de lustrar como única alternativa.