Tuesday, December 08, 2009

Cuando fui a la guerra de angola

Rodobaldo Martínez Pérez
No sé si aquel día hubiera podido despedirme de mi madre y fingir un viaje corto y seguro. Ella siempre adivinó mis sensaciones con sólo mirarme y me hubiera resultado difícil disfrazarle las palabras.
Con el viejo fue distinto, me ayudó su parquedad y su innata costumbre de hacer sólo las preguntas necesarias.
-Tengo que salir un tiempo, le dije escueto.
-¿Cuándo?, ¿Cuánto?, ¿Adonde?, cuestionó seguido
- El viaje es ahora, el tiempo no lo sé, pero pronto tendrás noticias de mí. Un encargo: Cuida a mi hija y que mami no se preocupe demasiado.
Nos abrazamos un rato en silencio y sin testigos. Ajenos a cuanto sucedía afuera, en mi casa reían y mi hermana tarareaba una canción al ritmo de la radio. Nunca supieron que aquella noche, a bordo de un Britamnia yo cruzaría el Atlántico.
Angola fue un punto en el mapa desconocido para mí hasta 1975, cuando se preparó una parte de las tropas cubanas que combatirían junto al MPLA para liberar al país africano del asedio de la UNITA. Agustino Neto había pedido la ayuda.
A la altura de los 22 años no se tiene plena conciencia del destino y pocas veces nos detenemos a pensar en los peligros. Quedé escogido en esas primeras fuerzas, entre los muchos que habíamos dado la disposición de partir. Supe, entonces, de la indescriptible realidad de separarme, por primera vez, de los míos y un sentimiento fuerte de nostalgia y soledad no quería abandonarme.
En la vida se cruzan las etapas imperceptiblemente. No se sabe definir con exactitud cuando dejamos de ser niños y llegamos a la juventud o la adultez. Yo puedo confesar que cuando llegué a Luanda ya no traía los rasgos de la adolescencia tardía ni la inmadurez a flote, me había hecho hombre, tuve que hacerme hombre.
En la guerra arriesgué y aprendí, porque sobre todas las cosas las lecciones teóricas como mejor se afianzan son en la práctica.
¿Quién me iba a hablar, ahora, de internacionalismo, después de haber conocido a Gamboa, un negro bueno y humilde, que supo los rigores de la esclavitud, conoció la brutalidad del blanco portugués y se sintió siempre en deuda por nuestra voluntad de ayudarle a sostener lo recién alcanzado?
-Eo, mutio obligado con camarada cubano, pronunciaba enfático en su portu español.
¿Cómo no apreciar el significado de solidaridad, cuando en las mismas trincheras llegamos a compartir la escasa porción de dos centímetros de agua y supimos el humano valor de dividir en siete una magra ración de pan?


¿Podrían describirme el sufrimiento a partir de la hora en que llegó al campamento el cuerpo destrozado de Ariel, aquel mulatito jaranero, que hizo de los chiste la medicina ideal contra los “gorriones” amenazantes de nuestras interminables noches a la luz de los candiles?
-Cuídense de los reptiles, decía, porque un día uno mordió a Pepito y
Mami, mami, me mordiò una serpiente, gritó. ¿Cobra, dijo alarmada la madre?, no, me lo hizo gratis.
¡A ver, a ver, atiendan todos, decía con pose de presentador profesional y seriedad importada, tú mismo con cara de invierno sin abrigo! ¿Qué le dijo la manteca al plátano? Silencio, espera…
¡Ah, no sabes!… pues,… desvístete que estoy caliente. Y otra vez su sonora carcajada robándole la rutina aquellas inolvidables veladas nocturnas.
Había partido en la mañana en un convoy hacia Cuito Canavales
Y dicen que una mina levantó a metros el camión donde iba hasta dejarlo hecho añicos en medio de la cuneta. Por supuesto, no hubo sobrevivientes.
Quien no lo ha sentido no sabe describir la impresión ante la muerte de los amigos. Es una especie de desgarramiento irreversible que te enerva los movimientos y te hace autómata durante un rato. Eso lo pienso, y la imagen de Arielito, inmóvil como nunca fue, serio por primera vez, encima de un catre destartalado, rodeado de quienes compartimos sus últimos días, está fija en mi memoria para siempre.
El tiempo es indetenible, pasaron los años, y de aquella época una Medalla de Combatiente Internacionalista me recuerda que la historia no sólo viene en libros y muchas estatuas nacen en los campos de batallas. También guardo un viejo diario amarillo, con hojas arrancadas a exprofeso, una libreta con direcciones que nunca ocuparon espacio en los sobres y las cartas de mi madre… “Hijo mío, ya sabes, aquí tu mamá esperando con paciencia tu regreso.”
Ahora mi hijo tiene 22 años. Cuando terminó el preuniversitario me dijo:
- Papito, me voy para la Capital a estudiar Ingeniería Informática.
- ¡Tan lejos y solo!
- Ya no soy un niño, ¿no crees?
- Pero mira este vejigo culicagao’, ya los pájaros le están tirando a las escopetas.
Lo digo sólo por replicar algo, porque en el fondo sé que a los 22 años o menos puede llegarse a ser hombre, sólo depende de las circunstancias de la vida.

Thursday, December 03, 2009

Igual puesta en escena


Rodobaldo Martínez Pérez
Precisamente el 15 de diciembre se cumplirán 37 años que fue liberado el asesino Orlando Boch, el pediatra de la muerte como se le conoce, después que un tribunal lo declaró culpable de cinco cargos diferentes y lo condenó a 18 años.
En 1968, un jurado estadounidense lo inculpó de ser cerebro de los actos terroristas contra barcos mercantes, firmante de comunicados amenazadores a la prensa, así como el ejecutor de 40 actos terroristas ejecutados en el área de Miami durante ese año.
Pero el terrorista apenas pasó cuatro años en prisión y fue liberado con libertad condicional, le cambió el nombre a su banda y continuó actuando con la mayor impunidad.
Volvió a la cárcel y se le abrió nuevamente las puertas. Ahora vive tranquilamente en Miami, protegido por la Fundación Cubano-Americana y el gobierno yanqui.
Llama la atención que a una semana de esa fecha, el 8 de diciembre, esté anunciado el acto de resentencia contra Ramón Labañino Salazar y Fernando Gonzáles, dos de nuestros Cinco Héroes, injustamentes encarcelados por un gobierno que condena a los antiterrorista y libera a los criminales.
Pueden ocurrir rebajas de condenas, sustituir cadenas perpetuas por decenas de años, como a Tony, pero el sistema judicial yanqui no recuperará un céntimo de su desprestigio. Se sigue actuando por venganza política y los jueces inclinan la balanza en dirección del Gobierno.